Los vecinos que aprendieron a temer esa marea llevan años disfrutándola. Ahora, por primera vez, la están rodando.
Julio en Viveiro tiene un sonido particular. Antes de que lleguen, ya se habla de ellos. Camisetas negras, tatuajes, música que sacude el suelo. El Resurrection Fest —el festival de rock y metal más importante de España, uno de los diez mayores de Europa— duplica cada año la población del municipio: treinta mil personas sobre quince mil habitantes. Durante años, una parte de la villa los esperó con inquietud. Lo que nadie anticipó es que, cuando llegara el momento, el argumento y el guion serían realizados íntegramente por personas mayores con una media de 69 años, así como la dirección y la interpretación… haciéndolo por primera vez en su vida.
Eso es, en esencia, lo que está ocurriendo este julio y todo este año en Viveiro.
Un proyecto de longevidad que derivó en cine
Ciudad de Cine Sénior nació como un experimento de creatividad activa para personas mayores de 55 años. Lo que nadie tenía del todo previsto era hasta dónde llegaría.
Su primer seminario, desarrollado entre noviembre de 2025 y abril de 2026, produjo O Soño de Viveiro: un cortometraje de 47 minutos con 151 viveirenses en el reparto, codirigido por Anxo Bertolo y Conchita Parapar (ambos de 66 años), que estrenó el 25 de abril en el Teatro Pastor Díaz a sala llena. Personas que nunca habían tocado una cámara aprendieron a encuadrar, a construir una escena, a contar algo con imágenes.
El segundo seminario apunta más alto: A Porta dos Soños, un largometraje de noventa minutos en producción a lo largo de 2026 y 2027 que, según los indicios disponibles, sería el primer largometraje de ficción colaborativa realizado íntegramente por aficionados senior en España —y probablemente en Europa—. No un documental sobre personas mayores. No una producción tutelada por profesionales. Una película de ficción en la que el colectivo sénior ejerce como autoría creativa central: decide qué se cuenta, cómo se encuadra y qué historia merece ser contada.
El proyecto está siendo evaluado científicamente por el CSIC y cuenta con un convenio de investigación longitudinal de cuatro años con la Universidad de Alicante.
La escenografía imposible: treinta mil camisetas negras y la cámara en la mano
La historia de A Porta dos Soños gira en torno a un taller de cine en un pueblo marinero gallego, una puerta monumental del siglo XVI y la llegada del festival como el acontecimiento que transforma lo que todos creían saber sobre sí mismos y sobre quienes llegan de fuera.
No hace falta construir la metáfora. Está en la calle.
El Resurrection Fest lleva veintiún años celebrándose en Viveiro sin un solo altercado de orden público documentado. Su público —mayoritariamente adulto, entre 25 y 45 años, con alto nivel educativo y un gasto por persona muy superior al del turista estándar— incluye visitantes de Suecia, Finlandia, Noruega y Alemania que conocen los acantilados de Estaca de Bares y la gastronomía de la Mariña con una profundidad que avergüenza a muchos de sus propios vecinos. El sector hostelero local los recibe cada año como uno de los públicos más respetuosos y más generosos del calendario turístico gallego.
Lo saben quienes trabajan en la hostelería. Lo sabe el Concello. Lo saben todos los que han tratado con ellos una vez. Y sin embargo, la camiseta negra sigue produciendo en algunos el mismo reflejo que producía hace veinte años.
Esa distancia —entre la apariencia y la persona, entre el miedo y la realidad— es la materia prima del cine costumbrista más honesto. Y este julio, un grupo de personas de entre 55 y 75 años que llevan meses aprendiendo a ver van a rodarla en directo.
«La mejor manera de rodar algo es estar dispuesto a ver lo que no esperabas ver. El Resurrection Fest nos obligó a eso.»
Lo que el cine sabe sobre esto
La situación no carece de precedentes en la historia del cine. En Local Hero (1983), el forastero que viene a consumir el lugar acaba siendo consumido por él. En Chocolat (2000), la presencia del diferente actúa como catalizador de lo que la comunidad ya tenía pero no sabía ver. En Amarcord (1973), el trasatlántico que pasa en la oscuridad frente al pueblo y los vecinos que reman para verlo. La marea del Resurrection Fest como el trasatlántico de Fellini.
Lo que ninguna de esas películas tiene es que la cámara la sostenga alguien de setenta años que la usa por primera vez, en el pueblo donde ha vivido toda su vida, mirando lo que siempre estuvo ahí y que nunca había sabido encuadrar.