El cine de autor lleva setenta años contando que una película es obra de una sola persona. Es una excelente teoría crítica y una descripción un tanto simplista de la realidad.
Hay una idea que damos por sentada cuando vamos al cine: que las películas son obra de un director. El nombre va arriba del cartel, las entrevistas son con él, la crítica habla de «el cine de Almodóvar» o «el cine de Coppola». Como si todo lo demás —los guionistas, los actores, los técnicos, los montadores, los músicos, los figurantes— fuese solo el equipo. Y el director fuese el artista.
Es una idea tan cómoda que casi no se discute. Pero, si uno se para a pensarlo, no encaja del todo con cómo se hace una película de verdad. Una película es siempre cosa de muchos. Decenas de personas, a veces cientos, todas haciendo cosas distintas, todas necesarias. Lo único que pasa es que solo uno firma.
La idea del director-autor es más nueva de lo que parece
La teoría del cine de autor nació en París en los años cincuenta. La inventaron unos críticos jóvenes —Truffaut, Godard, Rohmer— que escribían en una revista llamada Cahiers du Cinéma. Su idea era simple: el cine era un arte mayor (como la pintura o la literatura), y como tal tenía que tener autores reconocibles. Igual que Picasso firma un cuadro o Cervantes firma un libro, Hitchcock firma una película.
La idea cuajó enseguida. Funciona muy bien para hablar de cine en festivales, para vender carteles, para que la crítica tenga nombres a los que aferrarse. Y, en muchos casos, es verdad: hay directores cuyo estilo es tan personal que reconoces sus películas.
Pero esa idea convive con otra historia, casi tan vieja como el propio cine, de la que se habla mucho menos. La historia de las películas que se firman en plural. O, dicho de otra forma, del cine colaborativo.
Una breve historia del cine que hicieron muchos
Empezó más o menos cuando empezó el propio cine. En la Unión Soviética, en los años veinte, un cineasta llamado Dziga Vertov organizó un grupo con su mujer y su hermano —ella montadora, él cámara— y firmaron las películas como colectivo. Una de ellas, El hombre de la cámara, sigue figurando en muchas listas de las mejores películas de la historia. La hicieron entre tres.
Cuarenta años después, en Canadá, la administración pública decidió enviar a un cineasta consagrado a una isla amenazada de desaparición. La isla se llamaba Fogo. El gobierno quería reasentar a los habitantes en otro sitio. El cineasta, Colin Low, no hizo una película sobre los habitantes: hizo veintisiete películas con los habitantes. Las grabaron entre todos, eligieron entre todos lo que salía y lo que no, y las proyectaron primero en la isla y después ante el gobierno. ¿Resultado? El plan de reasentamiento se canceló. La isla sigue ahí.
Saltemos al presente. En 2011, el productor Ridley Scott —el de Blade Runner y Gladiator— hizo algo curioso. Pidió al mundo entero que grabase su día con la cámara que tuviese a mano y se lo enviase. Mandaron material 80.000 personas, de 192 países. Con eso, el director Kevin Macdonald hizo una película que se llamó Life in a Day. La estrenó en el festival de Sundance, la distribuyó National Geographic y la ha visto 16 millones de personas en YouTube.
Cinco años después, Isabel Coixet hizo lo mismo aquí: pidió a los españoles que grabasen su día y se lo enviasen. Mandaron material 22.000 personas. Coixet montó una película que se llamó Spain in a Day, la estrenó en el Festival de San Sebastián, la emitió La 1. Cine reconocido, en lo más alto del panorama nacional, hecho entre miles de personas. Hace solo diez años.
Lo que tiene de nuevo el caso de Viveiro
Si lo de hacer cine entre muchos no es nuevo, ¿qué estamos haciendo entonces en Viveiro? Una cosa muy concreta: aplicar el modelo del cine colaborativo a un colectivo que casi nadie había probado todavía como autor cinematográfico. Las personas mayores de 55 años.
Lo más curioso es que, mirando los cien años de cine colaborativo documentado, ese hueco salta a la vista. Hay películas hechas con comunidades indígenas, con jóvenes en barrios marginales, con mujeres en zonas en conflicto, con personas en recuperación de adicciones. Pero con personas mayores como autores principales, no como retratados, casi no hay nada. Es un tópico tan grande que ni siquiera nos habíamos parado a verlo: damos por sentado que el cine lo hacen los jóvenes y las personas mayores lo ven.
«Y eso, después de cuarenta años en el oficio de esto de la imagen, me ha llamado la atención. Las personas mayores tienen más historias acumuladas, más sentido del tiempo narrativo, más observación del detalle, más humor sin prisa. Son, en cierto modo, autores cinematográficos.»
Lo que hicimos el 25 de abril
El pasado 25 de abril, en el Teatro Pastor Díaz de Viveiro, 151 vecinas y vecinos mayores de 55 años estrenaron O Soño de Viveiro, una curtametraxe de 40 minutos en gallego. Ninguno de ellos había tocado una cámara antes. El teatro estaba lleno. Aplaudieron a sus propios vecinos y a sus propias vecinas. Y al final, lo más revelador: nadie preguntó si era cine de «aficionados» o cine de «verdad». Era cine, y punto.
Codirigieron la curtametraxe Anxo Bertolo y Conchita Parapar. Yo coordiné el proyecto. Y nos acompañaron, durante todo el proceso, dos cosas que conviene mencionar: una evaluación científica del método a cargo del CSIC (Consejo Superior de Investigaciones Científicas) entre 2021 y 2023, con publicación indexada; y un convenio previsto con la Universidad de Alicante para hacer un estudio longitudinal de cuatro años.
Es decir: el modelo no es una ocurrencia. Es una metodología probada, evaluada y, después del 25 de abril, validada con público.
Lo que viene ahora: el largometraje
Después del curto, toca el largometraje. 90 minutos en gallego. Rodaje entre 2026 y 2027, en Viveiro y en A Mariña Lucense. Las decisiones creativas —qué historia contar, quién interpreta qué, qué escena se queda y cuál se va— se toman en colectivo, en jornadas creativas con las personas que se sumen al equipo. Las autorías finales emergerán del propio proceso. Por eso decimos que la película se firma en plural.
La convocatoria pública ya está abierta. Si tienes más de 55 años y vives por la zona, puedes sumarte. No hace falta saber nada de cine, no hace falta comprometerse a nada por acercarte. Escuchas, decides. Así de sencillo.
La película no la hace un director. La hacemos entre todos. Y «todos», esta vez, no es una fórmula vacía.
Lo dicho: el cine colaborativo lleva un siglo demostrando que funciona. Lo que tiene de nuevo lo nuestro es a quién se le da la cámara. Y a quién se le pregunta, por una vez, qué historia quiere contar.